viernes, 11 de julio de 2014

On 23:14:00 by MARIA SERRALBA in , ,    Sin comentarios
Caminaba por la mar verdosa de los olivos sin saber hacía qué sitio me dirigía. Solo puedo recordar dos cosas de aquel paseo, que se trataba de algo real, no soñado ni pensado ni imaginado, y que iba solo. Acababa de dejar a Ibáñez, que había venido a hablarme de los problemas de su familia. Habíamos tomado café en la casa de los Montes Orientales; por un momento lo vi avanzar por el pasillo y reflejarse en el espejo, que en todas las casas antiguas, preside el final del corredor angosto y fresco. Ibáñez paseaba su altura y superaba la de los cuadros que se repartían irregularmente por el pasillo. ¡Tan serio y tan lleno de fantasía!

Ibáñez no parece hecho de olivar, ni de carne y hueso, sino de mar. Observa la historia que me contó y que yo voy recordando durante mi paseo por los esquejes de verdes y marrones. Y como tiene mucho que ver contigo, la hago mía:

“Cabalgaba sobre una ola de blancos y verdes, de aire y de ondulada agua, como si fuese un argonauta, alguien que no desea llegar a puerto sino navegar, navegar por el mar de las esquinas, cuando sentí una llamada hecha cantar, que decía:

Por la mar de las esquinas,

Alguien camina, sin navegar;

Una voz amiga me llamaba

Sin gritar, mientras decía:

Ven amado mío a mi otro mar.

-Ibáñez -dije en un ataque de sinceridad-, esa llamada es el fruto de tu gran imaginación.
-Que sepas que, estando todas las aguas de este mundo unidas, forman mares diferentes porque la mar está llena de esquinas y cada esquina transforma un mar en otro. 

Los versos iban resonando en mi cabeza como golpes de tambor, machaconamente, reiteradamente, cada vez con más fuerza.

Ven, amado mío, a mi otro mar.

No puedo decir si fue real o resultó ser el fruto de mi imaginación pero me vi cabalgando sobre mi ola, la que a ti me acerca y la misma que de ti me aleja, cuando desaparecí en las aguas y, tras unos minutos de inmersión, acabé encontrando otra ola que me subió a la superficie, como pez que ansía ver el horizonte y sabe que posiblemente ya no vuelva más a las profundidades en las que encuentra su hábitat. 

Así cambié de mar. Así llegué a la mar que se ve cuando se mira al del este, cuando en la mía tengo que dirigir la mirada hacia el sur. 

Allí me esperabas tú cantando la canción que yo escuché antes de atravesar la esquina que me condujo hasta el bello lugar de las amanecidas con reflejos de sal.

Tres días después le conté lo sucedido a Ibáñez. ¿Sabes que me respondió?

-La mar de las esquinas es así, muchacho. 

Desde ese momento duermo mal porque lo único que deseo es volver a escuchar aquella canción que terminaba como ya he dicho:

Ven, amado mío, a mi otro mar

©Antonio Espinosa

Dedicado a mi amiga María Serralba, quien ha tenido la gentileza de dedicarme un precioso relato titulado "Dos mares y un destino".
Yo no he querido ponerle título al mío, porque este humilde relato no es más que una contestación, o réplica, al suyo.

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