domingo, 22 de mayo de 2016

On 22:59:00 by MARIA SERRALBA in , ,    Sin comentarios
Hace un año que estoy impartiendo cursos de T.E.C.A. entre los socios de los centros de mayores de Alicante, y tengo la sensación de que fue ayer cuando, temerosa de mis aptitudes como docente, aunque segura de mi objetivo, me enfrentaba a un grupo de mujeres inquietas, habidas de saber y con una felicidad y desparpajo que solo hace la veteranía de la vida. Desde entonces no pasa día ni clase en la que mis alumnas no dejen de sorprenderme con alguno de sus peculiares relatos, muchos vividos en el presente y muchos más en el pasado, la mayoría anecdóticos pero también los hay de una crudeza terrible.

A continuación quiero compartir con vosotros uno de ellos, experimentado por una niña que en aquellos días a penas tendría cuatro años y que ahora, a sus 82, todavía sufre de pesadillas por lo  sucedido.

M.V., gracias por compartir con todos nosotros un momento tan impactante de tu vida.


MADRID, un día cualquiera del año 1938

Esa noche me despertaron las horribles detonaciones de las bombas.

A mí me cogió mi padre, que había venido del frente donde luchaba, con unos días de permiso. Mi madre cogió a mi hermano que era más pequeño que yo. También cogió una bolsa en la que tenía un bote de leche condensada, una barrita de pan y unas pocas monedas. Salimos corriendo, pero al llegar al portal, una bomba había explotado en el edificio de al lado, con el humo y el pánico, nadie podía abrir la puerta del portal, no se podía respirar, pero al fin alguien la abrió. Salimos corriendo.

Mi padre, conmigo en brazos, fue al mismo refugio que íbamos siempre. Por el camino pude ver como algunas personas caían, pero algo que no he podido olvidar fue ver el cuerpo de un hombre rodando por la calle y su cabeza por otro lado.

El Blog de María Serralba - Madrid, un día cualquiera del año 1938Cuando mi padre y yo llegamos al refugio, donde estaban mis familiares y amigos, no vimos a mi madre y aquello parecía un funeral. Todos pensábamos que habían caído. Cuando terminó el bombardeo salimos de los refugios y todo fue alegría al encontrar sanos y salvos a mi madre y a mi hermano.

De estos episodios podría contar muchos más. Después de aquel día, cuando se le terminó el permiso, mi padre volvió al frente donde luchaba. El día que cumplí cinco años me envió una carta, felicitándome, junto a un billete de 10 pesetas para que mi madre me llevara al cine y me comprara un regalo. Mi mejor regalo fue aquella carta de mi padre, me hizo mucha ilusión y todavía la conservo, la leo de vez en cuando y me hace recordar, con alegría, el día 1 de Abril de 1939, cuando entraron en Madrid los aviones de las Fuerzas Nacionales anunciando que la guerra había terminado. Todo fue alegría, pero luego llegaría la posguerra, fue muy dura, nadie nos había advertido de las consecuencias de la guerra.

Por aquellos días mi padre era peluquero de caballeros y teníamos una peluquería, así que G. a D., no pasamos hambre, pero pude ver a mis vecinos, cuyos padres no tenían trabajo, rebuscando comida entre las basuras y durmiendo entre viejas mantas que les daba la gente. Esa fue otra imagen que nunca olvidaré, me marcó mucho. Desde aquel día me juré a mí misma que haría todo lo posible por no pasar por ello.

Ya de adulta he pasado por muchos problemas, pero G. a D. los he podido solucionar. Cuando quede viuda, vendí mi piso de Madrid y me vine a vivir a Alicante con mi hijo. Al principio de venir me sentí como una extraña, incluso un poco arrepentida de haber cambiado de aires, pero un día fui a una excursión que organizaba una parroquia y lo pasé muy bien, ese día conocí a tres mujeres maravillosas que ahora son mis amigas, con las que voy a todas partes y vuelvo a ser feliz. Ya no me siento tan sola. Tan solo me queda una cosa por resolver, conseguir un trabajo para mi hijo y entonces mi felicidad será plena. Lo estamos pasando francamente mal, mi pensión no alcanza casi para vivir los dos, confío que Dios no me abandone, nunca lo ha hecho.

M.V., alumna de T.E.C.A.

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