martes, 27 de enero de 2015

On 22:43:00 by MARIA SERRALBA in , ,    Sin comentarios
—¡Las doce y sereeeno!

Con cada una de las pisadas tranquilas y acompasadas de Manuel, su voz volvía a escucharse una noche más entre los vagones de la vieja estación de ferrocarril. Hacía años que esta se encontraba fuera de servicio, al igual que su tren, que permanecía en «dique seco» en una de las dos vías que la pequeña estación utilizaba para el tránsito de mercancías. La policía había iniciado las labores de  inspección de la máquina con éxito, aunque debido a las gestiones para la rápida resolución del caso, se indicó a la dirección de la estación, que lo mejor sería que esta, permaneciese inhabilitada el resto de días a la par que las funciones de Manuel como maquinista de la misma.


Desde entonces, no había día en que Manuel pasase sin formularse a sí mismo, una y mil veces, la misma pregunta: ¿por qué?. Sabía a ciencia cierta que todo lo ocurrido años atrás había estado fuera de su control, del suyo, y de cualquiera que hubiese estado en su puesto. El engranaje de la vía atascado, el niño que jugaba feliz en una zona peligrosa, ajeno a lo que le rodeaba, y su necesidad, repentina, de reponer carbón en la caldera de la vieja máquina que amenazaba de un momento a otro por detenerse, todo ello, había supuesto un cúmulo de despropósitos que, como decía el inspector de policía y amigo de la infancia, parecía haberse confabulado para que aquel día, Manuel, encontrara la fatalidad para el resto de su vida.

El Blog de María Serralba - Delirios de un maquinista
Pero, a pesar de la gran carga que llevaba sobre sus hombros, él continuaba siendo fiel a su cita de las doce, o, como él la llamaba, la del ecuador de la noche, la del despertar al nuevo día. Era tan grande el sentido de responsabilidad que sentía en su trabajo, que a pesar de estar jubilado, en su mente, Manuel seguía manteniendo vivos los recuerdos de antaño, la actividad frenética de los andenes en horas punta, la imagen ilusionada de los nuevos pasajeros, y la angustiada para otros, cuyo tiempo se les había hecho eterno. Pero todo ello finalizaba cuando él y su máquina, realizaban la magistral aparición en el pequeño apeadero de aquella casi desapercibida estación. Que hermosos momentos, y lo bien que podría recordarlos, si no fuese por aquel fatídico percance.

—¡Las doce y media y sereeeno!

Hacia años que la vieja y desvencijada máquina había pasado al desguace junto con los restos de la ya inútil estación, y con cierto humor inglés, a veces, Manuel comentaba a los amigos de copas, que con aquellas chatarras, también lo habían tirado a él al desguace. Ojalá hubiese estado en la estación aquel día, pero no, ese día estaba ajeno a todo. Durante ese tiempo, en el pueblo se había celebrado un entierro al cual él no había podido asistir. Sobrecogidos por la pena, todos, incluso el retrasado del pueblo, acudieron mientras que él, con el sentimiento de haber caído a un precipicio del cual nunca podría salir, seguía inmerso en su mundo. Los llantos ajenos no le llenaban, ni tan siquiera el amor de su esposa, que constantemente permanecía a su lado y que intentaba con su cariño mitigar en cierta medida el atroz sentimiento de culpabilidad que le embargaba, y si con ello no fuese suficiente, notaba cómo en las miradas de sus amigos, una fina e intangible capa de acero se había ido filtrado por sus pupilas, la misma que le decía sin palabras que él era el culpable de aquello. Era precisamente en aquellos instantes cuando sentía que sus pulmones, a pesar de estar henchidos de oxígeno, le oprimían como si estuvieran enfundados en gruesas corazas de acero.

—¡Diosss!, ¿cuánto más va a durar esto?

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Esa casi plegaria y maldición al mismo tiempo, dicha entre dientes a los cuatro vientos, fueron los únicos sonidos que la boca de Manuel emitió aquel penoso día, el resto del pueblo siguió como si nada hubiera ocurrido. La vida, continuaba a su alrededor sin novedades pero para Manuel, ya nada era igual, en el transcurso de su absentismo, y tras la pérdida de su preciado trabajo, se sumó el fallecimiento de su mujer seis años más tarde del alumbramiento de su hijo; para entonces, ella, ya estaba delicada de salud, pero desde el trágico accidente, esta, se había ido debilitado todavía más, debido a ese motivo a él le invadiría una gran soledad tras despertar del letargo vivido, la misma soledad que había ido tomado forma hasta convertirse en otro miembro más de la familia; la misma que le acompañaba en sus largos y dubitativos paseos. Pero aquella etérea compañía empezaba a resultarle tan opresiva como insostenible, aunque no sabía como deshacerse de ella.

Como contrapunto, lo único que le reconfortaba era observar aquellos viejos y revueltos andenes llenos de hojarascas, tablones carcomidos y guijarros desordenados por el viento. Hiciera frío o calor, no había ni excusa ni día que no pasara las noche sin arrastrar las desgastadas suelas de sus botas por aquellas descoloridas baldosas, pero, es que, para Manuel, aquello había significado tanto, que incluso en esos precisos instantes, juraría que sus oídos todavía podían apreciar el sonido entrecortado de las ruedas de su máquina deslizándose entre las vías. Era tan real, que si no fuera por que aquel lugar se encontraba totalmente deshabitado, hubiese jurado, ante el más devoto de los santos, que lo que sus oídos estaban escuchando, era cierto. ¿Delirios de un maquinista? Seguro. O quizá más bien la abstinencia de tantos años sin oler tan si quiera, el penetrante aroma que desprende el carbón al ser quemado. Sea lo que fuere, aquello le estaba haciendo el mismo efecto como si se tratara de un alucinógeno.


«No, no es posible», se dijo Manuel. A pesar de la niebla y de su escasa visibilidad, el oído lo seguía teniendo en óptimas condiciones y no cabía duda alguna, era su máquina la que, a mediana velocidad, se estaba aproximando hacia él a través de la niebla. Pero... eso no era posible, se volvió a repetir, aquello parecía más bien una pesadilla.

Dudando incluso de su conciencia, Manuel se encaminó receloso al borde del andén para intentar con la vista, no sin gran esfuerzo, percibir alguna silueta en la lejanía que acompañase a ese sonido tan conocido y característico que desde hacía unos minutos estaba detectando. Efectivamente, el chirrido entrecortado se asemejaba a la perfección al de las ruedas metálicas de un tren cuando estas, se van deslizando sobre el agrietado suelo lleno de vigas atravesadas de cualquier estación. Manuel empezó a sentir los vellos de punta, y como, una hilera de hormigas, a modo de calambres, le iban subiendo por el espinazo. Pero es que no era para menos, aquella experiencia no era posible que le estuviese sucediendo a él, y, lo peor de todo era, que estaba solo, lo cual le confirmaba de que allí no había nadie a quien pedir auxilio y mucho menos, explicarle aquella terrible sensación.

—¡Dios! ¿Qué puedo hacer?


A pesar de no ser creyente al ciento por ciento, todavía conservaba la antigua costumbre de implorar a un ser superior para que le indicase el camino a seguir, en esta ocasión no solo necesitaba su consejo, sino también que le salvase de aquella anormal situación. Mientras en su mente se agolpaban pensamientos sin solución, la silueta de una máquina hizo finalmente su aparición entre la bruma de la densa niebla, una niebla que, por cierto, se había levantado en escasos minutos, y que, a pesar de las buenas predicciones del parte meteorológico de aquel día, a Manuel le había dejado algo intrigado.

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Primero, se hizo visible la intensidad lumínica de los oxidado faros, para posteriormente, ir haciendo su aparición el morro, la cabina y finalmente el enganche trasero de la misma. Allí estaba frente a él, su amiga de la juventud; con sus colores de antaño —rojos y azules—, a pesar de estar descascarillados en gran parte, pero sí, esa era su máquina, pero... ¿quién la había dirigido hasta allí si esa vía estaba anulada hacía tiempo? La estación casi había desaparecido de los planos de circulación de la red ferroviaria, entonces, ¿cómo había llegado hasta aquel apeadero?, y lo que le intrigaba todavía más, ¿por qué precisamente su máquina?


Como la curiosidad de Manuel siempre había sido mayor que su prudencia, condujo sus pasos hasta la barra de seguridad de la cabina. Un rápido vistazo a su interior le confirmó que allí no había nadie que la condujera, algo impresionante, pero entonces... ¿qué es lo que en verdad estaba sucediendo? Al instante le asaltó su sentido del deber y pensó que la máquina no podía quedarse allí estacionada, había que dejarla a buen recaudo cuanto antes. Un impulso, o quizás el aflorar nuevamente de su antigua labor, fue lo que le hizo introducirse en la cabina donde todo le era familiar, sin pensárselo dos veces. El suave toque de su mano desancló la palanca del freno, y la máquina lentamente empezó a deslizarse sobre sí misma. ¡Cuánto había añorado aquella sensación!, y poder observar, como antaño, el horizonte a través de los grandes ventanales de la cabeza tractora, aunque ahora se encontrasen empañados por la niebla que no le dejaba ver prácticamente más allá de su propio reflejo.

Pasaron horas, minutos, o quizás segundos, lo que si era cierto es que en el transcurso de ese tiempo, la niebla se había disipado totalmente, y ante él una luminosa estación le estaba esperando, llena de tránsito como en otras épocas. La gente iba y venía en todas las direcciones. Bultos y maletas ocupaban desordenados los andenes y, como siempre, los mismos semblantes de alegría de los transeúntes se ofrecían tan pronto le veían aparecer con su flamante máquina pero... ¡esa máquina que estaban mirando no era la suya, era otra!. Efectivamente, delante de él había una máquina idéntica a la suya, y si la vista no le fallaba, ¿él mismo era el que la conducía? Más sorprendido que antes siguió observando a aquella persona, era él mismo pero veinte años más joven. Su pelo se había tornado oscuro y rizado y su rostro, ahora lleno de profundos surcos, se veía terso y resplandeciente. En el reloj de la estación marcaban las doce del medio día. Igual que en aquella fatídica ocasión. Esa misma mañana había salido preciosa, igual o más que las otras, la gente estaba pletórica de entusiasmo ya que sería sábado al día siguiente y eso, parece que no, siempre anima un poco a terminar mejor la jornada laboral. Todo eran parabienes cuando Manuel y su máquina llegaban a las distintas estaciones. Una vez allí, recibían las felicitaciones de los pasajeros, los halagos de sus compañeros de profesión por llevar siempre su máquina pulcra y dispuesta, y por parte de los más pequeños, ser el centro de atención y pedirle que se hiciera una foto con ellos para llevarse un recuerdo.


La mujer de verde con sombrero negro también le resultaba muy familiar, pero..... ¿no era aquella mujer, la misma que recogió ese día? Recordaba perfectamente el instante en que le paró en el andén para preguntarle su número de vagón. Resultó ser muy charlatana y además olvidadiza y, por su culpa, tuvieron que retrasar la salida prevista de las doce, a las doce y media, ya que a la buena señora se le había olvidado en el anden uno de los maletines de mano. Además de este, también tuvieron problemas con alguno de los pasajeros, pero al final, con una indicación de asentimiento de la cabeza del jefe de la estación, hizo sonar el silbato, y su sonido, estridente e interminable, indicó a todos que el tren en breve iniciaría su recorrido. De repente, Manuel vio aun joven subirse en la parte delantera del tren, justo donde estaba la máquina. Pero... ¡si era él mismo¡, se volvió a repetir, atónito de lo que estaba presenciando. Aquel joven, es decir, él, tras subir a la máquina había hecho un gesto con el brazo dirigido al jefe de estación a modo de saludo, mientras hacía avanzar el aparato, poco a poco, hasta salir de la zona del apeadero.

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Manuel seguía sin entender nada. ¿Cómo era posible que aquel joven condujera aquella preciosidad, si él, en realidad, era el que estaba allí, subido en una vieja máquina, con manos arrugadas, y con restos de artrosis en los dedos? Aunque se afanaba por comprender, por encontrar algo coherente en todo aquello, había cosas que se le escapaban a su mente. La máquina, como un reloj, siguió su recorrido, adentrándose en el frondoso camino dirección hacía el siguiente apeadero. La buena conducción de un hábil maquinista había hecho que año tras año, el trayecto resultase ser la delicia de muchos. Los pasajeros, agobiados del estrés tras una dura jornada, estaban encantados de poder circular por aquellos parajes. El paisaje era maravilloso y majestuoso, así lo habían calificado siempre, y ahora Manuel lo estaba disfrutando nuevamente. Siempre quedaba perplejo al igual que el resto de pasajeros, de la diversidad de escenarios que se podían contemplar a través de los pulcros cristales de cada compartimiento. Tonalidades de verdes, marrones, azules, y un sin fin de colores que, como el arco iris, formaban el paisaje de aquel condado, y, tras cada curva, uno volvía a dejar entreabierta la boca, ahogando una exclamación de admiración ante la sorpresa de ver siempre algo nuevo, pájaros, ciervos, incluso conejos que se agolpaban al borde de las vías, para saludar con el movimiento de sus orejas, el paso pausado, pero rítmico, de la máquina de un tren.

Manuel siempre veía cada viaje como si se tratara de la primera vez. Todos tenían su encanto particular y además, le servían para probar la fuerza de su mimada caldera de carbón, que no hacía más que engullirse, en cantidades astronómicas, los sacos que antes de partir, él personalmente se había encargado de apilar cuidadosamente en una parte de la cabina de control. A pesar de disfrutar con las vistas, de vez en cuando Manuel debía apartar su mirada de ellas para encargarse de alimentar la caldera. Era muy consciente de que a aquella sección había que mantenerla en activo durante todo el recorrido, por ello no cesaba de comprobar uno por uno todos los indicativos luminosos y manuales que componían la cabina de control de la cabeza tractora. Precisamente en esos momentos iba pensando, que ya era hora de suministrar más materia prima a aquel dragón de hierro, ya que en poco tiempo tendrían que atravesar el puente y ahí sí que no podía permitirse ningún error; tendría gracia que precisamente en ese instante, se ahogara la caldera por falta de carbón. Cogiendo la enorme pala que utilizaba para esos menesteres, la llenó hasta los topes y, agachándose con dificultad por la pesada carga, depositó su negruzco contenido dentro del candente habitáculo. Tan solo fueron unos segundos los que perdería de vista las vías, pero al parecer fue el suficiente. En el preciso instante en el que estaba recargando la caldera, sintió un gran impacto en uno de los laterales de la máquina, como si hubiesen topado con algo y esto estuviese haciendo que el tren frenase la velocidad. Dejando lo que estaba haciendo, corrió hacia uno de los laterales de la cabina y asomó medio cuerpo por el hueco de la ventana. ¿Qué habría sucedido? Los pensamientos enmudecieron al igual que sus palabras. La visión dantesca que se ofrecía unos metros más atrás, de restos de un cuerpo humano, tamborileando sin control alguno contra el armazón de metal del vagón, le congeló la sangre en las venas.


—¡Dios santo!, ¡Dios santo!, no es posible. Por favor, por favor, que esté vivo, que esté vivo.


Haciendo acopio de mucha sangre fría, Manuel tiró rápidamente de la palanca de freno manual, con todas sus fuerzas. El chirrido estridente que emitieron los frenos fue acompañado al instante por una desaceleración en la velocidad de la máquina. Mientras, Manuel no cesaba de implorar a su Dios para que aquella persona continuase con vida, aunque si sus ojos no le engañaban, lo que había allí debajo, zarandeándose entre el hierro del vagón y las vías, casi incrustado en su totalidad en una de las guías del armazón, ya no era un ser humano vivo, y, cuanto menos, con todas sus extremidades. Sabía de antemano que, aunque en aquella zona la velocidad había sido escasa, el impacto de la máquina con cualquier objeto siempre resultaba devastador, así que en esta ocasión tampoco iba a ser diferente.

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El tren al fin frenó en su totalidad, aunque lo haría a varios kilómetros del impacto inicial, aun así la gente comenzó a agolparse en las ventanas con el afán de comprobar de primera mano lo que había sucedido. Cogiendo la vara que le servía para remover el carbón en la caldera, Manuel bajo hasta donde se encontraban los restos del cuerpo de aquella persona. Era impresionante, un amasijo de ropa y carne apenas reconocible, se había ido introduciendo con el girar de las ruedas entre los espacios de cada pieza de la locomotora, la visión era vomitiva, a pesar de ello, y teniendo en cuenta de que era un ser humano, o mejor dicho, restos de él, Manuel sintió la necesidad de preservar su dignidad, así que para evitar que el resto de pasajeros vieran aquella imagen, se quitó su chaqueta y con cuidado, cubrió aquel bulto lo mejor que pudo. Que desgracia tan grande, y sobre todo, pobres personas sus familiares cuando les dijeran la aterradora noticia, pensó Manuel. A pesar de lo sucedido, él siguió manteniendo la mente fría, lo suficiente, para recordarse a sí mismo que, nada más llegar a la siguiente estación, tendría que notificarlo a las autoridades. Se encontraba pensando en ello, cuando vio, que algunos de los pasajeros más audaces, descendían de los vagones y se aproximaban a donde él se encontraba. A todos se les veía visiblemente afectados por el incidente, así que Manuel les instó a que se alejaran de allí en sentido contrario, con la excusa de que le ayudasen a encontrar alguna pertenencia más del accidentado, a fin de podérselas entregar a sus familiares.

Pasados unos minutos, un pasajero apareció ante Manuel llevando consigo unos objetos; se trataban de unas botas de tamaño reducido, probablemente pertenecientes a un niño. En ellas era claramente visible los estragos que había ocasionado el accidente. Algunos trozos de tela de los calcetines de su propietario, se habían quedado pegados a ellas junto a jirones de carne manchados de sangre. En el instante en que el pasajero se las entregaba a Manuel, una de las cordoneras se rompió por uno de sus extremos y cayó al suelo. Cuando Manuel se agachó a recogerla, poco antes de introducirla en el bolsillo de su pantalón para que no se le perdiera, se quedó mirándola fijamente. Al instante su semblante cambio, pasando de ser de preocupación, a la más fantasmagórica palidez. A partir de ese momento una espesa nebulosa se cernió alrededor de él nublándole en primer lugar la vista, luego su mente, y acto seguido todo, haciendo que se desplomase súbitamente tras haber perdido por completo el conocimiento.

—Papá. Papá, ¿has terminado ya?

Manuel seguía incrédulo contemplando aquella visión retrospectiva de su pasado. ¡Al fin! había conseguido recordar exactamente lo sucedido. Desde aquel día habían transcurrido veinte largos y desdichados años, años donde bajo los efectos de un coma profundo, no había momento en el que no dejase de rememorar todas esas vivencia.


—Vamos a casa, papá, que ya es tarde y la humedad se siente en los huesos.


Dejando libre su rostro de la presión que momentos antes sus manos habían ejercido sobre él,  Manuel, volvió a posar sus cansadas pupilas en el reflejo de su propia imagen, el mismo que le ofrecían los grandes ventanales de la cabina de un tren desvencijado. La niebla los había empañado totalmente, al igual que el entorno de aquella estación fantasma. Tras de sí, un hombre joven, de constitución corpulenta, le hablaba con gran ternura, era su hijo. Manuel se sentía orgulloso de él, pero no podía dejar de pensar que, en aquel accidente, lo pudo haber perdido para siempre. Ese pensamiento hizo que sus facciones de nuevo se tornasen sombrías y apesadumbradas. Quien le iba a decir a él, que la visión de unos simples y sencillos cordones de unas botas, iban a tener la culpa de todas sus penas. Ese complejo sistema de atado, aprendido tras varios años de práctica, habían hecho del anudado de cordones de Manuel algo único e inimitable, excepto por su hijo, al cual él mismo le había enseñado dicha técnica cuando el pequeño tuvo la edad suficiente para comprender cómo hacerlo por sí mismo. Cuántas veces se había arrepentido de ello. Quién le iba a decir a él que aquella inocente excentricidad, se volvería en su contra. Lo que hubiese dado por haber sabido a tiempo, que el muerto no era su hijo, y que en realidad éste se había intercambiado aquel día el calzado con un amigo en la escuela.

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Todos aquellos años sumido en la inconsciencia, creyéndose culpable de la muerte de su propio hijo, le habían hecho a Manuel no desear volver a la vida, pero uno nunca elige su fin, y para él no iba a ser diferente, su Dios se había propuesto rescatarle de las sombras, aunque demasiado tarde, y con un soplo de vida le traía de nuevo a la cruda realidad. Una mañana fría de Otoño, Manuel abría sus adormecidos ojos a un nuevo mundo después de varios años de letargo. Un mundo que solo recordaba haber abandonado con dolor, y que ahora le ofrecía esperanza y un camino por recorrer, aunque este tuviese que andarlo solo, sin su amada esposa como compañera y en su lugar, la compañía de un desconocido muchacho, su hijo, al que no recordaba, al que ni tan siquiera había podido ver crecer, pero al que le unía un lazo poderoso, tan poderoso como el de aquellas cordoneras de sus botas, y este era el del amor. Ese único pensamiento era el que todavía mantenía vivo a Manuel después de haber pasado tanto, y era el que le daba motivos suficientes para seguir adelante. Tan solo esa fuerza era la que le hacía recordar el pasado como un lugar donde también había existido felicidad, en lugar de un aciago mar de desdichas donde al fin él se consideraba un naufrago.

-¡La una y sereeeno!


Una última voz atravesaría la noche antes de que despuntara el alba. Manuel, el maquinista jubilado, finalizaba así su ronda, y luego se haría de nuevo el silencio. Dejándose acompañar por su hijo, como siempre lo hacía, Manuel regresó a su casa. Lo que había revivido aquella noche había sido real, muy real, lo sabía de forma tan certera, por que en el interior del bolsillo de su pantalón podía palpar la textura de unas cordoneras de botas, las mismas que lucían las de aquel niño. Nadie debería saber lo sucedido, se dijo, y mucho menos su viaje a través del tiempo para recordar lo ocurrido aquel día. Lo mejor sería que todos siguiesen creyendo que él estaba ido, así no le inculparían de nada y su hijo podría seguir viviendo tranquilo, a pesar de creer que estaba a cargo de una persona trastornada en sus funciones mentales. Si algún día alguien le llegase a preguntar sobre lo ocurrido, les diría que no recordaba nada, que si alguna vez le habían escuchado hablar en sueños de lo sucedido, todo, fue debido a los delirios de un viejo maquinista.

Delirios de un maquinista (09/12/2003) © María Serralba

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