martes, 22 de octubre de 2013

On 2:01:00 by MARÍA SERRALBA in ,    1 comentario

Recuerdo que cuando era pequeña, a falta de tener un yate o un Ferrari, el ir sobre patines era mi fuente de liberación.
La maravillosa sensación que experimentaba al notar el viento en la cara conforme mi velocidad aumentaba, me hacía sentirme libre, atrevida, incluso imprudente y tenaz.
Mi campo de acción al igual que muchos de mis amigos era la Explanada de Alicante, más bien en el tramo del final donde se encontraba una estupenda horchatería donde nuestros padres hacían la parada mientras nosotros, corríamos de arriba a abajo del paseo llevándonos arrastrando con nuestra inercia, a todo el que se ponía por delante.
Pero el momento más crítico era cuando jugábamos al látigo, imaginad, todos subidos en patines, cogidos de la mano, y corriendo como alma que se lleva el diablo y en eso, el cabecilla hacia un viraje inesperado y todo el "gusano" humano se ondulaba y desplazaba como un solo cuerpo sin saber que dirección tomaría.
Los había que soltándose por el miedo, terminaban frenando contra una farola. Otros, agarrados con todas sus fuerzas al compañero de delate y arrastrando al de detrás, cerraban de vez en cuando los ojos para soportar tanta tensión, eso sí, el que lo pasaba de pánico era el que le tocaba de coche escoba. Ese, yo creo que aprendía a rezar en dos segundos ya que la fuerza del resto lo llevaba de parte a parte con si fuera una carretilla.
Mis primeros patines serían más o menso idénticos a los de la foto, con sus pros y contras. Las correas me las tenía que apretar tan fuerte a los tobillos que a veces terminaba haciéndome ampollas y su plataforma, con tornillos que terminaban desgastados por el uso, de vez en cuando me daban gratas sorpresas cambiando inesperadamente su tamaño a otro mayor, lo cual provocaba que el pié se me desplazase de la plataforma quedando solo subida en un patín mientras que el otro pié, literalmente se arrastraba sujete al patín por la correa del tobillo, en resumen, todo un número, pero me lo pasaba genial.

Luego llegaron los patines de bota, sofisticados, estéticamente preciosos, pero ya no fue nada igual. Por mi parte también había cumplido más años, la vergüenza de hacer la loca en mitad de aquel paseo, girando sobre mi misma y de repente, patinando a la inversa, es decir, hacia atrás, ya me daba un poco de miedo por si me caía y me hacía ciscos los huesos, en fin, que cumplir años fue sinónimo de ser más prudente y dejar de lado un hobby que siempre me ha apasionado, de hecho, sigo fiel a las competiciones de patinaje artístico y envidio a esas hadas sobre cuchillas que hacen piruetas mucho más arriesgadas que la que hacía yo, aunque las mías no las cambiaría por nada del mundo... ja, ja, ja.

1 comentario:

  1. Hola María, me gusta mucho esta historia, contada así tan llena de entusiasmo, alegría y emoción. Se ve que la protagonista realmente estaba encantada con este deporte, lo transmite, nos metes en la escena. Por momentos sentí esa libertad de la que habla.

    Un saludo
    Rosa

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