domingo, 9 de febrero de 2014

On 17:44:00 by MARÍA SERRALBA in    2 comentarios
De buena mañana me he levantado con una sola imagen en mi mente, la de un precioso y lindo caracol. Extraño, ¿verdad?, pero pensándolo bien, creo que no es tan disparatada mi visión si tenemos en cuenta que el comportamiento de estos pequeños, babosos e insignificantes -en apariencia- animalitos, se asemeja bastante al de los seres humanos, es más, nos han acompañado en todas las fases de nuestra vida, de una forma u otra, y no nos hemos dado cuenta. Si no me creéis, a continuación voy a desgranar el motivo de mi reflexión, pero, antes, permitid que os defina exactamente -para aquellos que no lo sepan- qué es un CARACOL.
 
El caracol pertenece a la familia de los gasterópodos, que son los moluscos con el cuerpo asimétrico y portadores de una concha dorsal con torsión espiral que se enrolla sobre sí misma 180º a la derecha, y es ahí precisamente donde se "refugia" su masa visceral.
¿Vosotros sabíais que los caparazones de los caracoles siempre están a su "derecha"?
Una vez dada la primera clase de Ciencias Naturales, sigamos con lo que os iba comentando. ¡Ah!, sí, me olvidaba aclararos por qué he remarcado lo de "a la derecha", pero es que es la primera vez en mi vida que me doy cuenta de este curioso detalle. Disculpadme por la interrupción y sigamos con la exposición.
 
En la infancia han compartido nuestros juegos, ya que muchos de nosotros hemos participado con estos especímenes en una vertiginosa carrera.

Recuerdo que los solíamos escoger entre los más hermosos, los de caparazón más grande y molla carnosa, aunque eso no quería decir que fuesen los más veloces, ya que luego, durante la carrera, siempre te dabas cuenta de que los más enclenques, aquellos que todos habíamos desechado, siempre solían ser los vencedores, pero eso tenía turco, y no era ni más ni menos que la astucia de su adiestrador, que poniéndole una hoja en la meta, la cual arrastraba minutos antes por el suelo donde supuestamente iba a tener lugar la carrera, le marcaba a este el camino a seguir como si le enviara un mensaje subliminal diciéndole: "si quieres comer, ya sabes".

Pues bien, el desvalido caracol era capaz de hasta volar en tal de conseguir su "premio", pero esa técnica solo la sabían unos pocos, así que, el resto, nos conformábamos, como mucho, con soplar a nuestro caracol en la parte trasera de su caparazón a ver si así, la fuerza eólica de nuestro soplido le hacía avanzar unos milímetros más.

A partir de esos tiempos fue donde empezaste a tener conciencia de que la palabra "caracol" podía ser muy significativa en tu vida al escuchar frases como: "eres más lento que un caracol", sobre todo cuando te tocaba dar tres vueltas al patio a modo de castigo por no haber finalizado a tiempo los ejercicios que te había puesto la señorita de Lengua.  


Nuestros amiguitos también han servido de "cobaya" en las clases magistrales que nos impartían nuestros padres para fortalecer la superación personal. Frases como: "tócalo, que no te va a hacer nada", no era suficiente aditivo para poder superar, en algunos, el respeto ante lo desconocido y sobre todo, a esa sensación de repugnancia que sentíamos cuando el progenitor te ponía uno de esos amiguitos en tu mano y tenías que soportar su lento y viscoso  desplazamiento sobre su piel... ¡grrrr!, todavía lo recuerdo y eso que me encantan, pero solo de pensarlo se me vuelve a erizar el vello como antaño.

Compañeros de horas muertas, donde al no jugar nadie contigo, te apartabas del grupo con tu caracol y lo soltabas entre la maleza, para después observar cada uno de sus movimientos como si fueses Charles Darwin en una de sus expediciones a tierras inexploradas.


Y lo veías disfrutar del entorno, entre matojos y hojas; y beber de algún arrollo o charco, cuando no, lo hacía de tu propia mano, o en el peor de los casos, aunque ello te produjese un morbo impresionante, lo veías copular ante ti con otro espécimen sin ningún pudor y te dejaba con la incógnita de quién era de los dos el macho y quien la hembra, hasta que llegabas a casa y cogías rápidamente el libro y repasabas una vez más aquella lección que te habías estudiado muy por encima para salir airoso del examen, donde sí se especificaban todas esas peculiaridades, entre las cuales se mencionaba también que esta especie es hermafrodita y que ambos se fecundaban a la vez con el esperma del otro, lo cual te dejaba totalmente descolocado, aunque pensabas que una vez que fueses mayor ya lo entenderías.
 
Con la llegada de la adolescencia y tus ansias desmedidas de demostrar a todos que tú, también podías formar parte de ese inmenso colectivo que es la Humanidad, te apuntabas a todo, participabas en grupos, hacías tu propia pandilla y asistías a actos multitudinarios y sufrías en tus propias carnes el sentirte "apiñado", por no decir, "oprimido", como sucede con las manadas de caracoles, pero mirabas a tu alrededor y notabas que formabas parte de esa "movida" y eso, te hacía feliz.

El paso de los años te hizo averiguar que la vida tenía varias fases y que cada una de ellas tenía sus pros y contras, así que te adaptaste al igual que el caracol a tu medio ambiente y pasaste página. Y cuando viste que las cosas se ponían muy peliagudas, te "replegaste" en tu caparazón e intentaste dejar de darle tanta importancia a todo y centrarte más en seguir madurando, mientras elegías de qué color te gustaría ver el mundo a partir del momento en el que ya pudieras salir de él.


Y la madurez trajo consigo las responsabilidades, las cargas tanto familiares como sociales, y también las penurias de la vida en lo concerniente al terreno laboral, y es ahí cuando empezaste a escuchar a tu alrededor frases como: "el infeliz, ha terminado llevando la casa a cuestas como los caracoles", y rezaste -por lo bajinis- pidiendo que tú, nunca llegases a ese extremo, es decir, a ser un caracol desahuciado.
Pero como te considerabas un ser afortunado, a pesar de todo, y no querías que situaciones como esa te afectaran, buscaste otros significados que no hiriesen tanto tu estado de ánimo, así pues introdujiste a tus amigos, los caracoles, en tu dieta alimenticia. Los alimentaste, lavaste y limpiaste para después guisarlos sobre un delicioso preparado aromatizado con hierbabuena; o con ajo, mantequilla y perejil al más puro estilo francés; y te sentaste a saborear cada uno de ellos como si se tratasen de deliciosos manjares del Oriente, sorbiendo su néctar oculto que te hacía rememorar los instantes de una vida pasada junto a tu familia.

Y como los tiempos cambiaban, no solo te los comiste, sino que también los incluiste en tus tratamientos de belleza, por que no sabes quién en el SPA te dijo, que el tener a estos seres deslizándose por tu piel la rejuvenecería, y eso, era precisamente lo que tú buscabas en esos instantes donde las patas de gallo no solo habían empezado a notarse en los rabillos de tus ojos, sino que también habían sitiado el territorio y se estaban construyendo un gallinero con plaza de garaje incluida.

Pero... si creéis que esto es todo lo que podemos obtener de un caracol, estáis equivocados. Como curiosidades podría deciros, que en ocasiones y para reemplazar el olor del incienso, se quemaba la capa oscura y dura con la que se recubría la apertura del caparazón que protege su molla, el opérculo, ya que está comprobado que, ésta, desprende una olor muy agradable.

Por otra parte, nuestros amiguitos son también matemáticos, ya que su caparazón crece de forma logarítmica, y no es que empleen en ello dicha fórmula, que efectivamente es la de los logaritmos neperianos, los cuales eran tan intrincados como mi mente y recuerdo que nos entendíamos a la perfección  \theta =\log _{{b}}(r/a)\,, sino por que su caparazón va creando en su interior otros similares y así, sucesivamente hasta que crece en forma de espiral.

 
Pero volviendo a lo que os decía al inicio de esta reflexión en cuanto a su aspecto "inofensivo", que sepáis, que nuestro amiguito es considerado transmisor de la gripe, sí, como lo leéis, a pesar de que hace 1.800 a. C., en la Edad del Bronce, ya se tenía constancia de su presencia y de su uso en la cocina, aunque fuero los romanos, allá por el año 50 a.C., que pensaron en ellos con fines comerciales, naciendo los primero criaderos de caracoles cochlearium.

Lo que no sabemos es si Plinio El Viejo, escritor, científico y naturalista del año 23, tenía algún acuerdo comercial con Fulvius Hispinos, el dueño del criadero de caracoles, la cuestión es que en sus escritos no cesaba de recomendar la ingesta de nuestros amiguitos con fines curativos ante enfermedades estomacales y de las vías respiratorias siempre, consumiéndose en número impar.


Tras todo lo expuesto, creo que he dejado bastante claro la razón por la que mi mente ha enfocado hoy la imagen de un caracol y no, un viaje a Hawái, por poner un ejemplo. Espero que no se repita esta situación en lo sucesivo, y sobre todo, que no sea el primero de las muchas especies existentes en el Planeta Tierra que vaya visualizando, o sino, no voy a tener suficientes hojas del blog para explicároslas... ja, ja, ja.

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LEITMOTIV DE MARÍA SERRALBA

«La fuerza inagotable que anida en mi interior, es la fuente de la que se nutre mi perseverancia por ver hecho realidad mi único deseo». ©María Serralba

CITAS CÉLEBRES
«Cuando la mente y el cuerpo están en perfecta sintonía, el ser humano es capaz de todo, y cuando esto no es así entonces... se puede esperar cualquier cosa de él» A la sombra de tu piel ©María Serralba
«En un mundo donde todo es sentimiento el sexo que tenga este carecerá de importancia». El Dios del faro ©María Serralba
«Todo el que se ensalza será humillado y el que se humille será ensalzado...» La estrella púrpura ©María Serralba
«Si la inspiración no viene a mí salgo a su encuentro a mitad del camino». ©Sigmud Freud
«Sin los escritores, aun los actos más laudables son de un día» ©José Augusto Trinidad Martínez (Azorín)
«Un autor de historias fingidas escribe el libro que quiere leer y que no encuentra en ninguna parte» ©Augusto Roa Bastos
«Existe una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad o la energía atómica y es, la voluntad» © Albert Einstein