sábado, 7 de septiembre de 2013

On 18:23:00 by MARÍA SERRALBA in ,    Sin comentarios
Una no tiene todos los días la oportunidad de vivir una experiencia "zen" y menos, si esta se desarrolla mientras va de compras, sin embargo yo sí la he tenido esta mañana. Permitidme que os la cuente tal como se ha desarrollado.
Siguiendo la comitiva de amas de casa, jóvenes independizados, personas de tercera edad y un largo etc. de seres de todas las razas y estamentos sociales, me he unido a esa "peregrinación" cotidiana que consiste en acudir con el temido carritos rompe tobillos, al Mercado Central.
Las gotas de lluvia amenazaban la adherencia del trazado -dirían los entendidos en la F1-, lo cual hacía doblemente peligroso el tránsito a lo ancho y largo de una de las arterias principales de mi ciudad como es la Avda. de Alfonso X El Sabio.
Salvado ese primer obstáculo y repitiendo mentalmente la lista de la compra que me había confeccionado para toda la semana, a sabiendas que una vez en casa algo se me quedaría en el tintero, me he adentrado en el recinto llamado Mercado Central y, sin poder evitarlo, he empleado unos minutos en cambiar el chip de ama de casa por otro de turista y tomar algunas instantáneas, entre ellas, la de la cúpula que os ofrezco.
El Mercado Central o también llamado de abastos, es un edificio que ha sufrido sobre sus cimientos las consecuencias de una España en guerra pero también, ha sido punto de encuentro de familiares y amigos cuando se escuchaban las sirenas indicando que, de nuevo, la ciudad sería bombardeada y allí había refugios donde guarecerse para salvaguardar las vidas. Ahora, sin embargo, el sentimiento de acudir a este bello edificio es bien distinto. La necesidad de llenar nuestras despensas de alimentos frescos y saludables, y la variada oferta que ofrecen las decenas de puestos en su interior, con productos comestibles, lo hacen un lugar social que vale la pena visitar, es más, este tipo de visitas te dan muchas pistas a cerca de como son las gentes de una ciudad o de un pueblo.


Mi desplazamiento rectilíneo por sus calles pavimentadas y repletas de colorido y olores; con sus productos perfectamente remontados en forma de pirámide, o sus gavetas de pescado decorado con ramas de perejil frescas, me han hecho recordar bellos lugares tanto de la geografía española como de otros países, y paso a paso, al fin he llegado a uno de mis destinos, un puesto especializado en carnes. Os hago una breve reseña de la panorámica del lugar para que os situéis: dos puestos comunicados atendidos por tres dependientes, todos ellos de cierta edad -dos hombre y una mujer-. Ellos, con delantal oscuro y poco preocupados de su aspecto, sino más bien de que el cliente se quedase contento con el género ofrecido, y de reponer los escaparates acristalados tras los cuales, se ofrecía en tonalidades rojizas y rosáceas, piezas y piezas de suculenta carne, rollizos pollos y ristras de salchichas de todas las formas y colores. Ella, con delantal blanco almidonado y ribeteado de puntillas; pintada para ir a la ópera más que para estar vendiendo carne, y con medio bote de fijador en la cabeza que hacía imposible que se le deformase el peinado durante la acción en caso de que entrara un huracán al recinto.
Hasta ahí bien, pensé, es más, me llamaba poderosamente la atención el mimo con que trataba cada pieza de carne que cortaba, pasándola al peso, depositándola sobre el papel para entregársela luego al cliente, y tomando un paño húmedo para limpiar de cualquier rastro sanguinolento, tanto la herramienta de corte como la tabla donde había efectuado dicha acción. Uno, dos, tres, cuatro filetes, todos con la misma pulcritud, precisión y... con la misma lentitud, en ese instante fue cuando una rápida vista a mi alrededor me dio la lectura que suponía.
Las personas que esperaban su turno delante mía, empezaban ya a resoplar; otros, miraban inquietos sus relojes de muñeca y algunos, incluso empezaban a otear puestos cercanos en busca de una alternativa, pero yo decidí concederle a la buena señora unos minutos más de margen, así que inicié mi cuenta hasta diez y parece que, de momento, la acuciante ansiedad que empezaba a amenazarme se disipó. "Tranquila, que ya falta menos para que te toque", ese fue el mensaje que envié a mi mente para soportar aquel calvario y he de confesaros que me ayudó a aguantar un poco más, pero, de repente, la dependienta habló.
-¿Desea alguna cosa más? -le dijo a la clienta que tenía ante ella.
-Pues sí, ahora me pones un pollo de corral.
-¿Cómo lo quiere? -le consultó, empezando a afilar tranquilamente un cuchillo de exageradas dimensiones.
-Pues.... -tres minutos de indecisión de la clienta-, me lo vas a hacer en cuartos. Los traseros, me los dejas enteros y los delanteros, me separas la carcasa y me haces las pechugas en dos, una fileteada y la otra de libro, ¡ah!, por cierto, y me quitas la cabeza, los restos grasos y la piel de todo.
Al escuchar aquella respuesta procedente de la cliente, creí morir. Al instante, la mitad de los que esperaban como yo, ya habían tomado su decisión, es decir, marcharse a otro puesto que sirviesen con más celeridad, así que por "eliminación", me sorprendió comprobar que tras aquella señora ya tocaba mi turno. "¡Dios!, que dilema, ¿debo quedarme o marcharme?"-me pregunté. Una mirada directa y cejijunta de su compañero carnicero, me obligó a sostener mi postura y pensar que igual, si me marchaba, ese hombre era capaz de tirarme un conejo a la cabeza si me decidía a dejar sola a su compañera, así que allí estaba yo, en pie, contemplando embelesada, como el paso del tiempo parecía no importarle a la buena señora dependienta, que contorsionaba suavemente la muñeca empuñando la afilada hacha con la que iniciaba un corte preciso sobre el cadavérico cuello del pollo de corral. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, .... decidí seguí contando, aunque en esta ocasión, he de confesaros que no tuve más remedio que ayudarme de una profunda inspiración y expiración, y de volatilizar mi mente a otro capítulo de mi nueva novela.
Así es como viví mi "momento zen", contemplando el despiece de un pollo de corral en lugar de estar admirando un estanque de nenúfares y mientras, en el exterior, la lluvia se encargaba de purificar la ciudad ajena de lo que sucedía allí dentro.

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