sábado, 9 de junio de 2012

On junio 09, 2012 by MARÍA SERRALBA in    Sin comentarios




Hoy visité tu morada en el viejo cementerio.
 
Desde lejos descubrí, que tu hijo, el arquitecto,
también había acudido y lloraba ante tu foto con pesar y desconsuelo.
Junto a él había un niño que aferrado a su mano,
le preguntaba el motivo de su pena y de su llanto.
 
Entre sílabas cortadas, tu hijo le confesó que te echaba mucho en falta,
que anhelaba tus consejos y añoraba tus palabras
y tus días de descanso, cuando jugabas con él en la orilla de la playa.
 
A mitad de su discurso, el niño le señaló con su manita rosada
un manojo de amapolas, que marchitas, descansaban en las letras de tu nombre.
Con una alzada de hombros, tu hijo le respondió que quizá,
aparte de ellos, alguien más te añoraría, aunque no le dijo dónde.
 
Esperé que se alejaran, pues no quería que vieran en mi cara reflejada la agonía del momento.
 
Cuando llegué junto a ti, me desplomé de rodillas.
Las lágrimas que fluían como torrentes de sal empapando mis mejillas,
me impedían vislumbrar las pequeñas florecillas, tus únicas compañeras durante días y días.
 
Sí, mi amor, tus favoritas,
las mismas que embellecían con sus colores divinos aquel rincón que encontramos en verano junto al río.
Sí, mi amor, aquel rincón,
al mismo al que acudimos a pescar junto a tu hijo, donde ambos nos miramos y al final reconocimos, que uno era del otro y el Mundo, nuestro testigo.
Ahora, mejor que nunca, ahora que no estás vivo,
comprendo su reacción al desvelarles a todos nuestra extraña relación.
 
Pero este amor es tan grande,
este sentir tan divino,
que es difícil de entender, a no ser, que, como yo,
seas siempre el carcelero de un recuerdo tan sincero,
de nuestras noches de anhelo,
de nuestros bellos silencios,
y de un sentir sin consuelo al saber que nunca más te tendré junto a mi cuerpo.
 
©María Serralba


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