domingo, 3 de febrero de 2013
On febrero 03, 2013 by MARÍA SERRALBA in LA TRASTIENDA Sin comentarios
Con promesas en cartas impregnadas de olor de alcohol y naftalina,
me escribiste con tu pulso de hombre cruel,
prometiendo que sería tu mujer y por siempre, que estaría protegida.
Nos casamos en mi pueblo, y a la boda,
invitamos a tu hermano y a mi prima,
dos testigos ajenos que verían que en mi caso,
me temblaba hasta los pies y en el tuyo, brevemente sonreías.
A una hora de un triste amanecer,
me puse mi vestido de papel y unos guantes color de mantequilla,
escondiendo, así, el anillo de oropel de la vista de la gente que sin fe
se agolpaba a la entrada de la ermita.
“Yo seré tu protector, pequeña mía,
junto a mí verás un nuevo amanecer,
no habrá ya, a nadie a quien temer,
ni nada que desvele tu sueño de mujer,
tan solo, mis besos y caricias”.
Creyendo que contigo mi futuro estaría repleto de delicias,
apretándome a tu brazo me marche,
de aquel pueblo que habitaba desde niña,
dejando tras de mí el triste invierno y recuerdos de muchacha desvalida.
Con la noche descubrí que, en tu ciudad,
un Madrid repleto de malicia,
andrajosos en rincones vomitaban y chiquillas exhibían con lascivia,
sus divinos atributos de mujer al Don Juan que dinero les ofrecía.
¿Dónde estaba escondido ese Retiro,
con sus lagos y paseos florecidos,
o sus bancos, repletos de mimosas que escondía los besos arrebatados a miles de jóvenes fogosas?
¿Dónde estaban, cariño mío, las imágenes tan bellas de postal que enviabas con tus cartas de escritura somnolienta,
esa luz de un crepúsculo ocular que embebía mis ansias de volar y ceñía mi mundo a tu grandeza?
“Yo seré tu protector, pequeña mía,
junto a mí verás un nuevo amanecer,
no habrá ya, a nadie a quien temer,
ni nada que desvele tu sueño de mujer,
tan solo, mis besos y caricias”.
©María Serralba
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| EL PROTECTOR ©María Serralba |
me escribiste con tu pulso de hombre cruel,
prometiendo que sería tu mujer y por siempre, que estaría protegida.
Nos casamos en mi pueblo, y a la boda,
invitamos a tu hermano y a mi prima,
dos testigos ajenos que verían que en mi caso,
me temblaba hasta los pies y en el tuyo, brevemente sonreías.
A una hora de un triste amanecer,
me puse mi vestido de papel y unos guantes color de mantequilla,
escondiendo, así, el anillo de oropel de la vista de la gente que sin fe
se agolpaba a la entrada de la ermita.
“Yo seré tu protector, pequeña mía,
junto a mí verás un nuevo amanecer,
no habrá ya, a nadie a quien temer,
ni nada que desvele tu sueño de mujer,
tan solo, mis besos y caricias”.
Creyendo que contigo mi futuro estaría repleto de delicias,
apretándome a tu brazo me marche,
de aquel pueblo que habitaba desde niña,
dejando tras de mí el triste invierno y recuerdos de muchacha desvalida.
Con la noche descubrí que, en tu ciudad,
un Madrid repleto de malicia,
andrajosos en rincones vomitaban y chiquillas exhibían con lascivia,
sus divinos atributos de mujer al Don Juan que dinero les ofrecía.
¿Dónde estaba escondido ese Retiro,
con sus lagos y paseos florecidos,
o sus bancos, repletos de mimosas que escondía los besos arrebatados a miles de jóvenes fogosas?
¿Dónde estaban, cariño mío, las imágenes tan bellas de postal que enviabas con tus cartas de escritura somnolienta,
esa luz de un crepúsculo ocular que embebía mis ansias de volar y ceñía mi mundo a tu grandeza?
“Yo seré tu protector, pequeña mía,
junto a mí verás un nuevo amanecer,
no habrá ya, a nadie a quien temer,
ni nada que desvele tu sueño de mujer,
tan solo, mis besos y caricias”.
©María Serralba
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