martes, 3 de enero de 2012
On enero 03, 2012 by MARÍA SERRALBA in LA TRASTIENDA Sin comentarios
Querido duende, ¿sabrías guardarme un secreto?... cada vez que llega la Navidad me acuerdo mucho de tí.
El anochecer, había impregnado con su silencio la calle, ya era hora de irse a la cama, así que me arropé entre las sábanas y cerré los ojos. El suave murmullo del tráfico me fue llegando cada vez más lejano a través del cristal de mi ventana; para aquel entonces ya había perdido la consciencia y me sumergí, abandonada de temores y pesares, en un lánguido sueño, el mismo donde tú aparecías y me sonreías, y así pasaron las horas y despuntó el nuevo día y con él, la ilusión renovada de buscar bajo mi sencillo árbol de Navidad de seis bolas y dos guirnaldas de colores, si este año los Reyes Magos habían tenido tiempo y me habían dejado algún regalo.
Todavía con la vista nublada por el sueño, me envolví en mi bata, me calcé rápidamente las zapatillas y me dirigí en dos zancadas a donde mi árbol me esperaba silencioso, hogareño y misterioso como siempre. Rebusqué con mis manos torpes bajo sus ramas, pero allí no había nada; un año más los Reyes Magos se habían olvidado de mí. Con lágrimas en los ojos, respiré profundamente y me conformé pensando que quizás, mi regalo de ese año había ido a parar a otro hogar donde se le esperaba con más ilusión que yo, así que me quedé allí sentada sobre la alfombra, contemplando embelesada la intermitencia de sus luces. Las fiestas había pasado y de nuevo todo volvería a su estado original, pero... ¿porqué yo sentía todavía dentro de mí el espíritu de la Navidad?
En una bolsa, fui recogiendo las luces, las bolas y los adornos de mi árbol; al año siguiente esos mismos adornos volverían a colocarse en el mismo lugar y sus brillos y reflejos de mil colores, me alegrarían nuevamente mis días, pero de repente, mi pié tropezó con algo. Un pequeño paquete, adornado con un precioso lazo de organdí, se había colado debajo de mi sofá como por arte de magia. ¿Será para mí?, me pregunté mientras miraba a mi alrededor en busca de alguien que repentinamente pudiera salir a reclamarlo a sabiendas que allí solamente estaba yo, así que con la excitación que embarga a cualquiera que va a destapar un anónimo regalo, me dispuse a deshacer lentamente el lazo y posteriormente el envoltorio que lo cubría. De su interior, apareció un diminuto papel ante mí. Al principio no supe que hacer, pero al fin me atreví a desplegar la nota y leer lo que decía.
"La ilusión no tiene cuerpo ni medida, tan solo se siente y se atesora"
De nuevo, mi duende había venido a verme por Navidad y me había regalado lo único que ni los Reyes Magos ni nadie sabía que necesitaba y que no era otra cosa que la ilusión por la vida.
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