sábado, 8 de noviembre de 2014
On noviembre 08, 2014 by María Serralba in Historias urbanas, InfoBlog, Ventana Cultural Sin comentarios
En nuestro recorrido por esta bonita población, estamos desarrollando todos nuestros sentidos.
El del olfato y el gusto ya lo hicimos en anteriores secciones, y creo que están más que satisfechos, ahora nos falta el del oído y la vista, y, qué mejor forma que observando el arte en estado puro.
Tatuadoras de henna también tenían cabida en este espacio, más de influencias orientales que locales, todo hay que decirlo, pero está claro que este tipo de mercadillos atrae mucho público y genera ingresos y, si además está bien organizado, creo que debería de perdurar.
A los estandartes que os comentaba antes, en determinados puntos principales también le habían añadido estos precisos murales de escenas de época, de nuevo mis felicitaciones a los organizadores por la ambientación.
Y cuando creía que había visto de todo, ¡voilá!, mis ojos se encontraron con un judío converso, un espécimen que va a todas las ferias acompañado de sus novelas, "El canto del petirrojo" y "La montaña azul", me refiero a mi buen amigo Justo Selles.

Estuvimos intercambiando información a penas unos instantes, casi el mismo tiempo que duró inmortalizar el momento haciéndonos esta fotografía, ya que empezaron a arremolinarse a nuestro alrededor algunos admiradores y curiosos. Justo, empezó a firmar ejemplar y ya no hubo tiempo para más, aunque le prometí que al año próximo tendría compañía, aunque tuviera que ponerme mi chilaba egipcia de los domingos.
Estuvimos intercambiando información a penas unos instantes, casi el mismo tiempo que duró inmortalizar el momento haciéndonos esta fotografía, ya que empezaron a arremolinarse a nuestro alrededor algunos admiradores y curiosos. Justo, empezó a firmar ejemplar y ya no hubo tiempo para más, aunque le prometí que al año próximo tendría compañía, aunque tuviera que ponerme mi chilaba egipcia de los domingos.
Y seguí caminando sin saber si mirar hacia arriba, embelesada por tanto colorido, o, hacia abajo, y admirar a estos artesanos que, a pie de calle, te mostraban, con una habilidad asombrosa, sus conocimientos, muchos de ellos adquiridos en la infancia, como era el caso de este buen amigo canastero.
Pero también estaban los tradicionales, como este artesano, que en un periquete te reparaba una silla de nea.
La vista la tenía desbordada de contemplar tanto colorido por todas partes, ya fuera en platos, vasijas, telas, o, el aportado por el mismo gentío, que le daba al lugar un atractivo especial y vital.
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